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  • Francisco J. Soriano

Entrenamiento Rosa



«Nunca podríamos aprender a ser valientes y pacientes si solamente hubiese alegría en el mundo»

Helen Keller

Que nadie se equivoque al simplificar excesivamente su práctica. El aprendizaje está al alcance de todo el mundo, lo cual no confirma que éste pueda realmente alcanzarse siempre si no se trabaja lo suficiente y en la dirección correcta.

La maldad permanente de la que hacen gala millones de humanos nos pone frente a la cruda realidad de nuestra naturaleza violenta y cruel. Y no es violenta porque lo sea, lo es porque la hemos educado y evolucionado de esta forma sin desprendernos de las costras innecesarias cuando ya se ha alcanzado cierto grado de civilización. En general, esta palabreja no se corresponde con el mundo en el que vivimos. Es cierto que en algunos puntos hemos alcanzado cotas altas de lo que podríamos entender como tal, pero el desastre en otros es tan grande que no nos vale ni el habitual «lo comido por lo servido». Comemos mucho más que servimos y nos cargamos muchas más cosas de las que construimos.

La violencia está, es permanente, se ejerce directa o indirectamente. El poderoso no sucumbe al llamado de hacer el bien desde el poder y termina cayendo, casi siempre, en lo más profundo del egoísmo que le impulsó a la cima de su riqueza. Los países poderosos la ejercen sobre los débiles, se aprovechan de esta debilidad para campar a sus anchas por territorios ajenos llenos de guerra, hambre y miseria.

El ser humano, en su potencial infinito de crueldad mata, esquilma poblaciones, extingue especies, deforesta territorios, deseca lagos y ríos, contamina el aire, el agua, la tierra y hasta el alma de los que intentan aportar otras visiones. Esta catastrófica imagen no tiene el afán de amargarnos la vida. Pretende poner un punto de partida a una reflexión que no debemos abandonar por más que nos apetezca dado lo agrio del tema.

Y es que en la vida hay que luchar, hay que actuar nos guste o no. Sin titubeos, sin dudar sobre la necesidad o improcedencia de nuestra acción. Tenemos que poner las cosas en su sitio o las subsiguientes generaciones lo tienen crudo. No es un llamado a una cruzada, es quizá la advertencia más advertida de todo el sentido común del planeta unido en una única certeza: esto se nos va de las manos cada vez más.

Creemos que todo va a ir bien, este credo nos calma la conciencia. Pensamos que la solución viene en el próximo tren sin pararnos a pensar si realmente existe ese tren o si hay la más mínima voluntad de que circule.

Un artista marcial debe trabajar intensamente en prepararse para estar a la altura de las situaciones que la vida le va a poner por delante. Tiene el deber moral de perfeccionarse y ayudar a perfeccionar su entorno hasta que le toque marcharse definitivamente. Su fuerza, su determinación y su capacidad, radican principalmente en el poder interior y exterior que le otorga su práctica.

Es por esto que nuestro entrenamiento no puede ser rosa. No puede estar adornado de falsedades, de florituras sin sentido. La práctica tiene un objetivo inmediato y mil quinientos objetivos derivados. Es preciso no olvidar esto nunca cuando entramos en la sala de entrenamiento. Necesitamos poder, necesitamos fuerza, necesitamos reforzar nuestras virtudes y desterrar nuestras miserias porque de ellas está ya todo saturado.

El alma sincera del entrenamiento nos exige aceptar la rudeza, el dolor, la fatiga. Nos pide, sobre todo, no decaer en la constancia de mantener activa la actitud de enfrentamiento a la adversidad cuando nuestra educación nos invita a salir pitando antes de que nos alcance una hostia.

El bien hay que construirlo. La paz hay que mantenerla. Hablar de estos dos elementos en Facebook desde la butaca de la casa está muy bien; firmar una petición de que las cosas vayan bien no va a cambiar significativamente nada en nuestro interior, quizá la conciencia se vea un poco más relajada, pero seguimos siendo un grano simple de arena en el desierto.

Tan solo tenemos que estar firmes, sólidos, capaces, con potencia de enfrentarnos a lo injusto con naturalidad, sin dudas, estableciendo con claridad lo que es absolutamente claro. Las dudas surgen cuando ponemos por delante de la situación nuestra batería de argumentos para seguir instalados en una comodidad que no nos pertenece si no luchamos a diario por ella.

La actitud es vital, fundamental, crucial ante esta situación en la que vivimos. Solo podemos lograrla alcanzando un alto grado de realidad y exigencia en nuestra práctica, una sincera búsqueda de evolución dentro del arte sin excesos pero sin detenimiento. Realidad no es sacarse los ojos en el entrenamiento, es adecuar las distancias a la realidad, definir bien las trayectorias, complicar las situaciones, evolucionar la potencia de los impactos en proporción al desarrollo real de nuestro acondicionamiento. ¿Todo esto para qué? Para ser artistas marciales de verdad con todo lo que ello implica.

No entiendo un pintor que no busque el trazo perfecto de su idea o un pianista que no se deje las huellas en las teclas del piano hasta encontrar el sonido que vibra en su interior al leer una partitura.

Quizá esta pasión por el entrenamiento lo es todo. Es la que nos pide precisión, análisis, concreción; la que nos eleva desde lo mediocre a lo aceptable y desde lo aceptable a lo preciso. Conformarse con asistir a practicar, con superar el momento, con que nuestra práctica nos marque las abdominales o nos sintamos físicamente mejor no es suficiente. Si caemos en ese error edulcorado al final la contaminación quizá se haya colado finalmente en nuestro entrenamiento y seamos unos tontos que se creen listos o unos débiles que se sienten fuertes. Miremos dentro a ver qué hay.


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